27 de julio

A pesar de que ya llevamos unos cuantos viajes a nuestras espaldas, hoy nos toca afrontar varias situaciones novedosas. Para empezar, la hora de regreso, nuestro avión despega a las 07.30 hora local, con lo que toca estar en el aeropuerto alrededor de las 06.00.

Nuestra primera idea para el traslado es seguir haciendo uso de la aplicación Bolt que tan buen resultado nos ha dado hasta ahora, pero cuál es nuestra sorpresa cuando comprobamos que, uno tras otro, todos los conductores nos cancelan el traslado (hasta un total de cuatro). No llegamos a comprender muy bien por qué, lo achacamos a que estamos en una zona de marcha y que les sale más rentable los traslados cortos lisboetas que ir al aeropuerto. Afortunadamente pasa por nuestra calle -es una calle principal- un taxi libre que nos lleva, la diferencia, 4 o 5 euros con respecto a un Bolt.

Una vez allí, afrontamos el segundo reto: el check-in automático. Y no hablo de las tarjetas de embarque, que ya las tenemos, sino de la entrega de maletas. El proceso implica, por un lado, imprimir las tarjetas -de nuevo- y registrar el equipaje, y por otro lado, depositar el equipaje con la etiqueta correctamente visible para que la detecte la máquina y teniendo en cuenta que para entregar cada pieza de equipaje hay que escanear la tarjeta de embarque a la cuál se asoció. Un proceso nada sencillo, mal explicado en las pantallas y con poca asistencia por parte del personal de tierra.

Después de este comienzo de día, el vuelo en bimotor de hélice y la llegada al calor de Alicante nos parecen tonterías. Eso sí, para rematar el viaje, nuestro servicio de parking-recogida nos deja tirados por más de 20 minutos. Bonita manera de acabar el viaje ;).